Inspírame, musa
Por: Liliana Sardi - Rosa Concari| Instituto de Formación Docente Continua Villa Mercedes
Resumen:
Los
antiguos griegos concebían la creación poética como producto de la inspiración
divina. Para los románticos no se trata tanto de una inspiración, sino que el
poeta es el creador. En la actualidad perviven algunas de estas concepciones referidas
a la composición poética que se enfrentan con la práctica de escritura en
situación de estudio, requerida en el ámbito de la educación formal y especialmente,
tal es el caso que nos ocupa, en el nivel superior. Según las actuales
teorías sobre escritura, ésta se trata de una práctica relacionada con el trabajo y el aprendizaje continuo, y alejada de la idea de un don que se posee o
no.
En este artículo haremos un recorrido por las concepciones más antiguas hasta llegar a las representaciones sociales actualmente más extendidas acerca de este tema.
Palabras clave: escritura- representaciones sociales- inspiración- musa- entusiasmo.
Buscaba una canción y me perdí
en un montón de palabras gastadas. No hago otra cosa que pensar en ti y no se me ocurre nada. Busqué mirando al cielo, inspiración y me quedé “colgao” en las alturas […] No hago otra cosa que pensar en ti… Nada me gusta más que hacer canciones, pero hoy las musas han “pasao” de mí. Andarán de vacaciones… Joan Manuel Serrat
Esperando la inspiración
Una de las dificultades que afrontamos los docentes del nivel superior con respecto a la escritura en situación de estudio es que, como demuestran algunas investigaciones [1] , generalmente las representaciones sociales que los estudiantes han construido no contemplan el tipo de escritura que requiere el referido nivel. Los alumnos suelen concebir la escritura como la expresión más íntima y personal del escritor, reflejo del pensamiento, herramienta que sirve para “volcar” aquello que se siente o piensa o producto de la “inspiración” del momento que permite, cuando aparece, escribir poemas y cuentos; vinculan la escritura con cierta visión (distorsionada) de lo artístico-literario y no con lo científico-académico (ámbito en el cual, precisamente, deben producir sus textos).
En lo que se refiere a los ingresantes oportunamente encuestados, la mayoría muestra una concepción de la escritura como un don que se posee o no y, en sintonía con esto, han construido una imagen de escritor como un ser solitario que escribe obedeciendo a la inspiración del momento. Así, por ejemplo, algunos ingresantes han afirmado, en las encuestas, que escriben habitualmente “cuentos o poesías cuando aparece mi musa inspiradora”; “escribo en algún bar, solo, escuchando música, bebiendo, fumando”. Respuestas que muestran una visión romántica del escritor (solitario, inspirado, sumergido en humo y alcohol) y de la escritura (relacionada únicamente con la literatura). Como señalan Alvarado y Setton (1998) los alumnos tienen una imagen del escritor que pareciera conectarse con el mundo de doscientos años atrás: un personaje artista marcado por el sufrimiento, la excepcionalidad, la inspiración. Una imagen de escritor –siempre al decir de los mencionados autores- construida en los medios masivos y en las instituciones escolares y deudora del romanticismo que instauró la originalidad como valor, el predominio de la inspiración en la creación de la obra artística y el don como aquello que por naturaleza y en forma misteriosa poseía el artista gracias a su musa.
Las arriba señaladas son representaciones sociales alejadas del concepto de escritura como una práctica reflexiva y consciente que requiere del escritor un continuo aprendizaje en determinados ámbitos (por ejemplo, la institución en la que estudian o a la cual aspiran ingresar). Esto trae importantes consecuencias para la escritura académica. Pues, por un lado, si esto es así, si escribir bien sólo depende de lo que provee natura no hay nada que aprender ni nada que enseñar, es un don que se posee o del que se carece. Por otro lado, esta asociación excluyente entre escritura y obra artística no contempla que en el ámbito académico se escribe para establecer un vínculo significativo con el conocimiento, pues la escritura por su carácter diferido, distanciado y controlado favorece la objetivación y el descentramiento del discurso propio y ajeno permitiendo su revisión crítica y su transformación; por lo tanto, tiene la potencialidad de ser una forma de estructuración del pensamiento, una herramienta para elaborar el conocimiento: es ésta la función epistémica de la escritura (Carlino, 2004: 10).
Llegado a este punto, conviene hacer dos aclaraciones: a) asumimos que las representaciones sociales que construye una población (en este caso, los ingresantes a nuestros institutos de formación docente) inciden sobre sus prácticas pues “numerosos trabajos de investigación nos han demostrado la incidencia de las representaciones sociales y sistemas de creencias en el modo en que los estudiantes encaran las tareas vinculadas con la comunicación escrita” (Di Stefano y Pereira, 2004:32); b) si bien el concepto de representaciones sociales se ha utilizado de diversos modos en psicología social y en otras disciplinas, nos resulta de interés para este artículo considerar a las representaciones sociales como “conjunto organizado de creencias socialmente compartidas” (van Dijk, 2000) que actúa como marco de referencia en función del cual los individuos y grupos definen los objetos, comprenden las situaciones y planifican las acciones; las representaciones sociales organizan el pensamiento y la acción, y condicionan las relaciones de los sujetos entre sí y con sus prácticas.
En resumen, esperar que caiga del cielo la inspiración (como ironiza la canción citada en el epígrafe) responde a un enfoque distorsionado y simplista de la escritura que debe ser modificado; no obstante las diversas propuestas tendientes a hacerlo fracasan cuando se encuentran con representaciones sociales difíciles de erradicar por su extensión y persistencia (Alvarado y Setton, 1998). Pero cuál es el origen de esta tradición mítica que consideró al escritor un ser inspirado por la musa. Tal vez un recorrido histórico arroje luz sobre este tema.
De la musa al genio creador
Para los antiguos
griegos, la creación poética es la consecuencia de la intervención de
Musa, dime del hábil varón que en su largo extravío, tras haber arrasado el alcázar sagrado de Troya, conoció las ciudades y el genio de innúmeras gentes” (Homero, 2000)
El autor a quien luego se llamaría Homero –afirma Havelock
(2008: 47)- pronuncia su invitación en modo imperativo. La responsabilidad de
la composición tanto de
La leyenda de Homero, según Hauser, se identifica casi
completamente con el mito del aedo considerado todavía como figura semidivina,
como taumaturgo y profeta, mito representado del modo más palpable en la figura
de Orfeo, el cantor que recibió su lira de Apolo y su iniciación en el arte del
canto de las mismas Musas, cantor que con su música podía arrastrar tras de sí
a hombres y animales, a árboles y rocas y pudo rescatar a Eurídice de los
brazos de la muerte. Homero ya no posee la fuerza mágica de Orfeo pero conserva
los rasgos del profeta inspirado y la conciencia de su relación sagrada y
misteriosa con
Más adelante, con el descubrimiento de la subjetividad, la
creencia del vínculo con
Los griegos del siglo V a. C. en pleno auge del
racionalismo, consideran al poeta como un poietés (hacedor [3] ),
porque es el que “hace”, el que compone y ya no
En
Es decir que para Horacio las dotes naturales (el ingenio y la inspiración) deben ser acompañadas por el esfuerzo, el estudio, el conocimiento. No es posible separar natura de arte, “una cosa necesita del auxilio de la otra y son perfectamente compatibles”.[…] ego nec studium sine divite vena,
nec rude quid prosit video ingenium […]”(Horacio, Epístola a los Pisones. vv. 409- 410)
Aunque el principio de imitación literaria se haya desvalorizado a partir del Romanticismo, para el romano antiguo la creatividad del poeta partía, precisamente, de la imitatio; es decir, de la imitación de los modelos griegos considerados clásicos. Esta imitación constituía un desafío: la superación (emulatio) de autores considerados maestros. Pero una imitación que no lograra superar al modelo griego o que utilizara fuentes latinas era considerada negativamente como un plagium. Esto último comienza a revertirse a partir del período augusteo en que cada vez más se aprecia a los mismos latinos como modelos a imitar. De todos modos, según observa von Albrecht (1997) en la época imperial todavía la cultura griega era un importante modelo a seguir; en efecto, el bilingüismo griego-latino continuaba vigente. Cuando éste retrocede, se hace necesario no sólo imitar sino sustituir el original griego, por lo tanto, el autor no es considerado un creador sino un deudor de una tradición literaria conocida tanto por él mismo como por su público; por ejemplo, Virgilio es deudor de la obra homérica, reconocida por el lector aunque los hechos sean narrados desde la perspectiva romana.
La fuerza de la creación individual, no divina, se fue afirmando a medida que se conformaban los géneros literarios; en éstos hay elementos constantes que responden a la voluntad de observar normas fijadas a través del tiempo, pero también se produce una tensión entre lo que es dado por la tradición y la reelaboración individual motivada por la voluntad de perfeccionar algunos aspectos genéricos por parte de los autores. El resultado de esta tensión es que algunos géneros son conocidos más por el nombre de los autores que los cultivaron que por su denominación genérica; este es el caso de la sátira, por ejemplo, cuyas características varían de acuerdo con sus autores: la satura de Lucilio difiere de la sátira horaciana. Pero también existen ejemplos en que el deseo personal de perfeccionar técnicamente un género, produce el anquilosamiento y finalmente la desaparición del mismo, como ocurre, según von Albrecht (1997), con la comedia post-terenciana.
El concepto de imitatio –que, como hemos visto- viene desde
Aristóteles, a pesar de las variantes mencionadas, no cambia en lo esencial
hasta el Romanticismo. Es durante este período en que recibe un gran impulso el
derecho del artista a seguir la voz de sus sentimientos. “El racionalismo, que
seguía progresando desde el Renacimiento y había conseguido, a través de
La época contemporánea ha desmitificado también esa representación romántica del genio creador. Así el escritor italiano Francesco Piccolo reunió en su libro de reciente aparición, Escribir es un tic, diversos relatos que dan cuenta de rutinas y métodos de famosos escritores para elaborar sus obras [6] . Dostoievski escribía día y noche; Paul Valéry trabajaba todos los días de cuatro a siete de la mañana; Mark Twain llevaba la cuenta de las palabras que había escrito durante la jornada. Según García Márquez el mejor consejo para superar la agonía ante la hoja en blanco es el de Hemingway: “el trabajo de todos los días sólo debe interrumpirse cuando ya sabes cómo reanudarlo al día siguiente.” Flaubert afirmaba que “escribir significa reescribir” y, en este sentido, en una carta a Louise Colet comentaba: “Hoy me he pasado ocho horas corrigiendo cinco páginas y creo que he trabajado bien”. Como se ve, tal como Piccolo menciona en su libro, “el oficio de escribir tiene sus reglas y no se parece en nada a esa imaginería escolar tan falsa”. [7]
La musa y el genio creador en el mundo académico
Entre los antiguos griegos y latinos no estaban muy definidos los límites entre las “bellas letras” y otro tipo de obras escritas, puesto que estas últimas buscaban también la belleza literaria y las primeras podían perseguir una utilidad práctica. En el período arcaico, los primeros líricos griegos expresaban en verso su pensamiento político o religioso: Solón, el legislador ateniense, hace un resumen de su gobierno y de su pensamiento político. Jenófanes, el pensador presocrático, manifiesta también en versos su postura crítica con respecto a la tradición mítica griega y su adhesión a las creencias ya vigentes entre otros pueblos orientales en un solo dios, no antropomórfico y eterno. Entre los latinos la literatura comprende no sólo la poesía y la narrativa sino también tratados de oratoria, historia y filosofía; incluso obras prácticas, como las que tratan temas de agricultura, derecho, arte militar, arquitectura (von Albrecht, 1997: 23). Asimismo, es fluido el límite entre epístolas elaboradas artísticamente y cartas escritas sin intenciones literarias, como las de Cicerón a Ático.
En la actualidad, algunos autores observan como “causa de notables prejuicios y perjuicios” (Cassany, 1999: 90) la tradición que liga íntimamente lengua y literatura, pues de este modo “escribir” se convierte en “escribir literatura”. Esto último puede observarse, según Cassany (1999: 89), en algo tan básico como el significado que atribuimos en nuestra cultura al vocablo escritor/a, el cual en su acepción más generalizada se refiere a narradores y poetas pero muy raramente designa científicos que escriben artículos de investigación o informáticos que elaboran manuales sobre el uso de programas de computación. En la tradición escolar argentina, no sólo ocurre que “lengua y literatura” constituyen una única asignatura sino que suele fomentarse (aunque cada vez menos, hay que reconocerlo) una relación espontaneísta con la escritura, así por ejemplo el movimiento de la “escuela nueva” desarrolló, en la primera mitad del siglo XX, entre otras innovaciones, la pedagogía del texto libre, basada en una representación romántica del niño espontáneamente creador; pedagogía que ha dejado una impronta que aún se hace sentir: creatividad, espontaneidad, libertad (Alvarado, 1997: 43-44).
Como se ve, estas concepciones de la escritura como una práctica asociada únicamente a lo
literario, como producto de la inspiración y como acto espontáneamente creador
no contemplan el tipo de escritura que la educación superior demanda a sus
estudiantes. En efecto, éstos deben desarrollar competencias escriturarias que
no se limitan a los ámbitos de
Entonces, las representaciones sociales que conciben la escritura como un don y asocian al escritor únicamente con el genio creador impactan negativamente en la práctica real de escritura que los sujetos deben realizar en el ámbito académico; pues, según esta visión, no es necesario aprender nada (más allá del conocimiento del código gráfico) porque todo fluye natural y espontáneamente a partir del soplo de las diosas. Será necesario modificar estas representaciones sociales para que los sujetos puedan reflexionar sobre el vínculo que establecen con la escritura en tanto práctica formadora y transformadora de la construcción del conocimiento.